REFLEXIONES
¿Quiénes somos para juzgar al prójimo?
Parece -o lo es- una frase muy manida, pero ¡tan cierta! Todos la conocemos, la entendemos y… ¿la usamos para parecer honestos tal vez?
Nos pasamos la vida juzgándonos a nosotros mismos y, por supuesto, a los demás. No siempre lo decimos, pero casi siempre lo pensamos.
Dos preguntas para reflexionar:
¿Estamos evitando ver y atender nuestras miserias y por eso giramos la mirada hacia el otro? ¿Realmente podemos juzgar a otra persona con lo sesgado de nuestro conocimiento ante la inmensidad de su ser?
EN TELA DE JUICIO
Aferrarse a algo, despreciar el cambio, obviar el movimiento, ir contracorriente, luchar, sufrir, negar, taparse los ojos… Resistencia.
Quitarse la venda, sentir el dolor… abrazarlo, observar el movimiento, encontrar la paradoja, agradecer, aceptar el cambio… Rendición.
RESISTENCIA vs. RENDICIÓN
DIFERENTE PERSPECTIVA
IDENTIDAD…
Hay situaciones que, aunque intentes explicarlas, no son fáciles de entender.
La certeza de que no estás en tu lugar y la sensación de no poder alzar el vuelo aunque tus alas estén intactas; ese sentido de pertenencia, de no sé qué lealtades, el miedo a la pérdida…
Si permaneces mucho tiempo, te desdibujas, y lo que pierdes es tu identidad…
(Nada que no se pueda recuperar).
Todas las decisiones tienen consecuencias.
A cada momento están siendo tomadas y, a veces, desconocemos que nuestra integridad o nuestro mundo interior pueden ser vulnerados o que la vida está a punto de dar un vuelco por una decisión ajena, sin que tengamos siquiera la oportunidad de actuar…
Entonces, ¿hasta qué punto elegimos realmente nuestro destino?
LA DECISIÓN AJENA
DEL APEGO A LA CALMA, SANANDO LA HERIDA
DESPRENDIMIENTO…
Y ahí se quedó… suspendido en el aire, sujeto apenas por unas ligeras ramas. Sintiendo la pena del desprendimiento y queriendo evitar el dolor de la caída.
Inconsciente de que el inevitable desenlace aliviaría su sufrimiento.
ESA BELLA HERIDA…
Y llega un momento en el que pierdes el equilibrio… tanto peso, desgaste; sientes como pequeñas partes de ti se desprenden, quedando en el camino, irrecuperables. Te sientes acabado, sin vida, roto, aunque sigues entero… hasta que un día ya no puedes más, tocas fondo y una pequeña parte de ti quiebra, mostrando su interior: un lugar desconocido en el que aparece algo bonito, amoroso, auténtico, lleno de vida…
Y entonces reparas tu herida con arte, sin esconderla, como el kintsugi, y sigues tu camino, ahora más fuerte y bella.
DESPUÉS DEL AMOR…
Todo parecía tenue y triste, pero atrás quedó el corazón herido, escondido con cautela… poco a poco, fue apartando al miedo, dejando ver, a lo lejos, unas últimas lágrimas de alivio…
Lágrimas que no se quieren ir sin antes dejar una enseñanza: solo la distancia permite sentir la calma y descubrir belleza en la claridad.